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SOLO EN MADRID. Artículo de El Juli en ABC

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lunes, 16 de mayo de 2016

Qué diferentes son las sensaciones en el Metro a las de la furgoneta de cuadrillas aunque esté yendo al mismo lugar. Recuerdo como si fuera hoy cuando presentaban la Feria de San Isidro. Y discutir con mis hermanos sobre cómo repartirnos las tardes y ver quién acompañaba a nuestro padre en las mejores corridas. Teníamos dos abonos en la andanada del «6» primero y después en la grada del «5». Apurábamos el tiempo para ver llegar a los toreros al patio de cuadrillas. Me causaba una impresión extraordinaria ver pasar tan de cerca a mis ídolos, rozar el traje de luces… ¡Qué sensación! Y luego, casi a la carrera, subir las escaleras con la almohadilla bajo el brazo y el programa de mano.

No tengo un recuerdo que no sea no yendo a los toros, a la plaza de toros de Las Ventas. Además, mi colegio, así como el local de bordados en el que trabajaban mis padres, estaba muy cerca de allí, en el Barrio de la Concepción, al otro lado de la M-30. Si algún día me perdía o me escapaba, ya sabían dónde encontrarme. De hecho, allí me descubrieron un día de pellas con un compañero de clase.

No podría decir con exactitud cuál fue mi primer San Isidro. Sería muy pequeño. Pero sigo sintiendo las primeras emociones, que suelen ser las más auténticas. El ambiente de la plaza, el runrún de expectación, el sol que va desapareciendo, la pasión en el tendido o el reconocimiento a la entrega. Y desde luego la conmoción más impactante, bajando la escaleras como alma que lleva al diablo para llegar a la Puerta Grande y mezclarme entre la multitud, gritando «¡torero, torero!» al héroe que sacaban en hombros y que minutos antes había estremecido a más de veinte mil personas.

Así me imaginaba yo cuando mi hermano me cogía en hombros en nuestra casa de San Blas jugando al toro. Y me decidí a ser torero. A los 15 años me presenté como novillero. Mi primer sueño se había cumplido. Toreaba solo, con seis novillos. Y en esa furgoneta de la que hablaba antes alcanzamos la plaza. El corazón me dio un vuelco. Las tornas habían cambiado. Ahora era a mí a quien iban a ver.

Aquella primera tarde la sufrí mucho. Lo peor fue el viento, que apenas me dejaba. Tampoco los novillos dieron facilidades y estuve bastantes veces por los aires. Y sí, pude hacer muchos quites, mostrar mi disposición y entrega, pero el triunfo no llegaba. La expectación era muy grande y, sinceramente, llegó un momento en el que daba por bueno que un toro me metiera en la enfermería en alguna de esas volteretas. Por suerte, con el quinto pude desplegar mi tauromaquia y le corté las dos orejas. Se llamaba «Afanes».

La gente me ovacionaba con clamor, como también se rompieron las manos aplaudiendo a aquel «Afanes» cuando le dieron la vuelta al ruedo a modo de homenaje. Sí, los aficionados, los toreros, recordamos los nombres de los grandes toros para siempre y reconocemos con pasión su bravura. Y recuerdo a «Hechicero», a «Novelero», a «Cantapájaros»… Toros con los que me expresé como artista, sintiendo el ole de Madrid, ese que suena como en ninguna plaza del mundo aunque a veces cueste arrancarlos. Porque Madrid, cuando se entrega, lo hace desbocada y rotunda. Aún creo en eso.

También recuerdo el nombre de otros toros que igualmente me trajeron gloria, aunque fuera de un modo muy diferente. Porque las cornadas, que duelen todas, te hacen sentir orgulloso como torero y como hombre. Y a «Anglo» no lo recuerdo con rencor aunque me desgarrara la pierna. Pocas veces en mi vida me he sentido más pleno. Aunque ya me estaba avisando de sus intenciones, fui capaz de superar el miedo y entregarme a él. Sentí un reconocimiento en el público que en pocas plazas de toros del mundo he tenido.

Madrid es difícil y se tienen que dar muchas circunstancias al mismo tiempo para poder triunfar. Pero a mí me gusta torear en Madrid. Y a pesar de las tardes duras, creo que la mayoría de las veces han tenido razón. Y sigo soñando con cuajar un toro en Madrid porque todas mis ideas están hechas para esta plaza. Casi veinte años después las sensaciones siguen sin cambiar cuando ves acercarse mayo. Es un nuevo reto. Todo lo que uno siente en los ratos de soledad sucede dándole vueltas y vueltas a una ilusión. La misma ilusión. Vivo feliz en mi finca, tengo una ganadería, una familia maravillosa… Pero estaría dispuesto a todo con tal de pegar diez muletazos como sueño a un toro en Las Ventas, sentir el crujido interior, la emoción de la gente… Nada ni nadie es capaz de sustituir esas sensaciones, ese placer. Eso, a pesar de todo, solo lo tiene Madrid.

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