Crónicas

Crónicas de Julián López

El Juli, sublime, corta siete orejas y un rabo en un histórico aniversario

Fecha Plaza Cartel Ganadería Resultados
19/09/2008 Nimes El Juli Daniel Ruiz Siete orejas y un rabo

 

Nimes (Francia). Viernes 19 de septiembre de 2008.

Plaza de toros de Nîmes. Tercera de la Feria de La Vendimia. Lleno. Toros de Daniel Ruiz, el quinto como sobrero; el sexto fue premiado con la vuelta al ruedo.

El Juli (de azul turquesa y oro) oreja,  dos orejas, palmas, dos orejas, ovación y dos orejas y rabo.

Resumen de prensa

“Diez años y un día han pasado desde que tres gendarmes, el 18 de septiembre de 1998, se presentaron en el callejón de Nimes: «Venimos a buscar a un tal Julián López «El Juli». No tiene dieciséis años y no puede torear». «Lo tenéis ahí, en el medio del ruedo», les contestó Simón Casas. Al final de la corrida la policía rompió la denuncia y acompañó al nuevo matador por las calles de la ciudad.

De niño prodigio, Julián ha pasado por ser un torero popular, una figura con su trono y ahora un maestro de época, sabiendo mezclar el arte con el buen gusto de las cosas refinadas. Es inútil contar toro por toro la tarde. Únicamente decirles que el fuego artificial pero tan natural que encendió ayer en Francia se pudo contemplar hasta en El Cairo, donde los camellos levantaron el hocico de alegría, y también en las Islas Galápagos, donde las tortugas se tomaron un baño a su salud. Inmenso es una palabra minúscula para definir a este gigante del toreo. Todos los lances eran diferentes, variados, florecidos, como un enorme mostrador de tapas, más sabrosas unas que otras. Hubo verónicas con los pies juntos, delantales al ralentí, gaoneras de mariachi, tres lopecinas y dobles revoleras. Quizá guardaremos un verdadero pase de muleta con el capote, un natural de capa tan dulce, tan largo y tan tranquilo que parecía una mañana de armisticio. Claro que le pidieron banderillear. Lo hizo con soltura y gracia en el sexto toro de la noble corrida de Daniel Ruiz -premiado con la vuelta al ruedo-, pero ya sabemos todos que esto queda en el baúl de los souvenirs.

Y hablando de naturales, hubo una tanda alucinante en el último toro. Lagrimeábamos. ¿Pero dónde estaba la muleta? Únicamente el color rojo del trapo nos permitía diferenciarlo de la arena. No se veía moverse nada. Habían desaparecido los toques o cualquier movimiento. Quedaba una mano y una batuta, que le llaman estaquillador, de este chef de orquesta en el viento cálido de una noche inolvidable. Juli el lidiador, Juli una armada, Juli un poeta y músico dentro de la perfección técnica.

En los tendidos, locos de alegría y de emoción, creo que reconocí a uno de los gendarmes”... Zocato (ABC)


“Parece mentira que dos horas y media puedan resumir una década. Y con ella, los muchos lustros que confluyen en la tauromaquia de El Juli. Julián López celebró su década prodigiosa en aire de maestro y dio una auténtica lección, un recital de toreo, de lidia, de dominio, de gobierno, de autoridad y de suficiencia. Cuando se perfilaba para matar al sexto, a Julián podrían haberle echado otros seis toros más. Parecía tan fresco, o más, que cuando trenzaba el paseíllo en solitario en el mismo coliseo que le vio convertirse en matador de toros. Pero entre ese momento y la salida a hombros por la puerta de los Cónsules, hubo toreo, mucho toreo. Y el compendio de una tauromaquia completa con capote, banderillas, muleta y espada. Una recital de ser y estar, de abrumadora suficiencia, de dominio de la escena y los tiempos. Hubo toreo de capa, y del bueno. No perdonó un quite El Juli, que tiró de repertorio clásico: tafalleras, caleserinas, faroles, chicuelinas, navarras, gaoneras, galleos y un largo etcétera. Y por encima de todo, el toreo a la verónica. Como el manojo de lances con que saludó al tercero, sacándolo hasta los mismos medios en verónicas mecidas, templadas, cargada la suerte, con mucha pureza. Y la fantasía de largas, medias y hasta serpentinas con que remató todos los turnos. Pero no todo quedó ahí; sino que a los que no se dejaron torear, Julián los lidió perfecto, con capotazos de los de recoger y soltar, de los de colocar a caballo y hasta de sacarlo. Se metió El Juli de lleno en la corrida y metió a la plaza de Nîmes, que vivió aquello como una fiesta. Era la fiesta de Julián, pero hizo partícipes a los mas de diez mil que se congregaron en el anfiteatro. Sin un punto muerto más que cuando el tercer toro claudicó sobremanera y hubo de abreviar. La raza de Juli se hizo tan presente desde el primero de corrida que ninguno de los seis toros que se arrastraron quedó con un muletazo dentro. Al primero lo exprimió como un limón, y esa faena, seria, honda y media, abrió la beta de todas las demás. Fue buena la corrida de Daniel Ruiz. Terciadita también. Tuvo el lunar de ese tercero, pero en cambio tuvo la cara de un gran sexto, como escogido para el fin de Fiesta, que terminó en apoteosis. Porque ese toro tuvo fondo bravo para venirse, galopar, querer, repetir y poder. Y tuvo enfrente a un Julián que fusionó en sólo veinte minutos la evolución completa de diez años. Desde la larga de inicio y el quite por lopecinas de sus primeros años tan arrolladores al toreo más puro, hondo y sentido al natural, con la muleta arrastrando por la arena, la figura encajada, metidos los riñones, cimbreando las muñecas. A ese también le pegó cuatro o cinco lapas de compás y mimo, casi a cámara lenta. Y con él se abrió la fiesta total cuando Julián, pleno de raza, pidió los palos. Cosa excepcional. Pero en una década de toreo han formado parte de ello. Las lopecinas y los palos, con tres pares de ajuste en el embroque y limpieza en la salida, pusieron a la plaza en pie. Los tendidos le llevaban pidiendo, con respeto, los palos toda la tarde a coro de ¡El maestro, el maestro!. Y cuando Julián banderilleó, del tendido surgieron varios ¡Gracias Maestro! de respuesta. Era la fiesta de Juli, y de sus diez mil y pico invitados. No dejó entonces la plaza de bramar. En pie la mayor parte de la faena, desde que El Juli la abrió en los medios de largo, luciéndolo y luciéndose, en series ligadas y por abajo como había toreado a todos los anteriores. Templando siempre. Sin un tirón a destiempo. No se quiso perder la fiesta el viento, el único invitado con quien Julián tuvo un mal gesto, porque durante toda la tarde no tuvo un desaire con nadie, ni sus hombres, ni la plaza, ni los toros. Las dos tandas con que abrió esa faena terminaron de reventar la tarde. Y fueron una lección de tiempo, de alturas, de embroque y de pulso. Lo justo en el momento justo. Y a disfrutar al natural, con las zapatillas enterradas en la arena, dando siempre el pecho, suelto y feliz el torero. Y el punto final con remates en trenza, con penduleos, circulares y cambios de mano ligados en tromba. La guinda a la tarde la puso un formidable espadazo. Echándose encima, lo cazó casi sin puntilla. Y a pesar de que lo levantaron, el público pidió el rabo. Era de rabo, la faena y la tarde que resume un capítulo tan importante del toreo de entre siglos. Junto a esa sexta faena, destacaron otras dos grandes de verdad a segundo y cuarto. Fue tarde de faenas pares, por tanto. Brindó los impares, a un emocionado padre el que abrió plaza, a Simón Casas el inválido tercero y a Roberto, su apoderado, el quinto. Ese fue el toro más deslucido y complicado, porque esperó, a veces quedó debajo y no siempre pasó. Pero El Juli dictó con él una lección de técnica impecable. Sin mover las zapatillas, incluso le costó un volteretón. Junto al toreo fundamental, por abajo y tan roto siempre, El Juli fantaseó en las entradas, salidas y remates. Como en un formidable cambio de manos al segundo que todavía resuena en el anfiteatro. O algunos péndulos y de pecho para abrir serie, o los del desdén para poner fin por bajo. Hubo algunos de pecho que fueron carteles de toros. Todo lo midió El Juli, que terminó roto y vaciado por dentro. Alegre y feliz por fuera. Cuando lo sacaban a hombros por la puerta de los Cónsules, en una salida multitudinaria, los pasillos y los alrededores se abarrotaban de quienes no fueron a ver la corrida. Las diez mil y pico personas permanecieron en su sitio sin moverse. Rotas las manos a aplaudir. Agradecidos por la tarde de toros presenciada. Es muy probable que muchos de ellos viesen, hace ahora diez años, a un chaval rubio y menudo convertirse en matador de toros. Hoy lo revivieron convertido en maestro del toreo. Y es muy probable que Julián, que sabe lo que es triunfar en todas las plazas del torero, conociese hoy, de tú a tú, a lo que debe saber la gloria de sentirse reconocido como lo que es: un maestro”. Mario Juárez (burladero).


“Julián López El Juli ha cortado siete orejas y un rabo en la encerrona que conmemoraba esta tarde su décimo aniversario de alternativa después de una tarde magistral, que compiló su tauromaquia poderosa, maciza y rotunda en todos los tercios de la lidia, pues rememorando épocas pasadas puso banderillas al último toro de la tarde. El torero madrileño se ha mostrado muy variado y participativo en quites, muy metido en la tarde desde el primer momento y dando la dimensión de figura de la que ha hecho gala en los últimos diez años. Ha brindado el primer toro del festejo a su padre, un ejemplar del que ha paseado un trofeo. Las dos orejas ha cortado del segundo, al que cuajó un trasteo macizo y rotundo. El tercero, más deslucido, lo brindó a Simón Casas pero no le dio opción. Al cuarto, que blandeó de salida, lo sostuvo y acabó muleteando con profundidad para rematar de un gran espadazo en la suerte de recibir. El quinto fue un sobrero con el que estuvo muy por encima y en el sexto se desató la apoteosis final con una lidia en al que desempolvó su quite por lopecinas y banderilleó con autoridad antes de muletearlo con frescura y contundencia y rematar su obra de un espadazo para coronar una tarde inolvidable”. Mauricio Berhó (mundotoro)

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