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24 horas con El Juli. Diario El Mundo (20/8/2002)

24 horas con El Juli. Diario El Mundo (20/8/2002)

miércoles, 21 de agosto de 2002

24 HORAS CON EL JULI. 20 de agosto de 2002. Diario EL MUNDO


UN CICLÓN DE 19 AÑOS


 Un día con el diestro más popular muestra el vértigo y los horarios de locura que sufre quien mañana ataca en Bilbao la gesta de la temporada: tres tardes consecutivas


ANTONIO LUCAS


 El Juli tiene 19 años, conviene aclararlo. Es el eterno adolescente, el prematuro maestro, el torero que ha desatado una atención inusitada en los ruedos. Es algo más que una moda, mucho más que un tifón circunstancial. Julián López, El Juli, sin 20 años todavía, es el diestro más popular de las tres últimas temporadas. Su vida transcurre en ese carrusel delirante que envuelve el mundo de los toros, aparentemente monótono; pero no existe la monotonía cuando se hace funambulismo con la vida tarde a tarde.¿Y cómo son las horas previas de un torero antes del paseíllo? ¿Qué vértigos le nimban el pecho? ¿Qué miedos le amargan la sangre? Estar todo un día con El Juli esclarece las respuestas y da muestra de que más allá de los cosos hay un sacrificio previo que viene a apuntalar el trajín de los toreros. Este mes de agosto, El Juli afronta uno de los retos más importantes de su trayectoria desde que se confirmó como matador de toros -17 de mayo de 2000-: tres tardes consecutivas en las Corridas Generales de Bilbao, mañana, el jueves y el viernes, con toros de Victorino, Pérez Tabernero y Torrestrella, respectivamente.Hace 22 años que no se repetía una hazaña de este tipo. Unos días antes de este maratón, el diestro madrileño compartió una jornada con EL MUNDO. Era su primera tarde en la pasada Feria de San Sebastián. En cuatro días, El Juli ha recorrido algo más de 4.000 kilómetros antes de llegar al hotel que ocupa en San Sebastián -el recorrido le llevó de Huesca a Málaga; después, Bayona y, de nuevo, Málaga-.El y toda su cuadrilla, en la que además de banderilleros y picadores (Angel Majano, Sevillita, Manolo Vélmez, Salvador y Antonio Ladrón de Guevara) están siempre Armando (el fiel mozo de espadas), Bombita (el ayuda en los meses de verano) Diego (el chófer) y Julián López (padre del diestro, que le acompaña a todas partes). Además, desde junio de este año, Raúl Gracia, El Tato, se ha convertido en uno de los hombres de confianza de El Juli. De este modo, Julián López, a sus 19 años, arrastra una guardia pretoriana en la que todo está escrupulosamente diseñado para que el torero no se ocupe más que de concentrarse, de ordenar la galaxia de sus ansiedades (si las tiene) y diseñar mentalmente (como un ajedrecista) las posibles faenas que querría descorchar esa misma tarde. El matador ha llegado a Donosti a las 8.00 horas de la mañana.Viaja en su Audi A8, siempre con Sevillita. La cuadrilla lo hace en una furgoneta y los consejeros aúlicos (el padre y El Tato) en un vehículo distinto, con los cristales ahumados. A las 11.00 horas, con huestes de nubes pespunteando el cielo, sol y sueño, se dan cita en la plaza de toros de Illumbe algunos de los miembros de la cuadrilla. Es la hora del sorteo (los toros serán de Hermanos García Jiménez y un remiendo de Atanasio).Se separan los lotes, se discute y se apunta en libretas escuálidas.El sombrero cordobés del mayoral hará de bombo improvisado, hasta que un miembro de cada cuadrilla (representando a cada uno de los toreros) extrae un trozo de papel de fumar en el que están apuntados el número de los dos astados que, al azar, corresponderá a cada matador. Minutos después, la suerte está echada. Los toros enchiquerados, y cada chiquero precintado hasta las 18.00, cuando arranca el paseíllo.


 LAS HORAS PREVIAS


El Juli, mientras, no se despierta hasta las 13.00 y es entonces cuando la suite que ocupa se abre para un reducido grupo de amigos que comparten con él las horas previas. El torero madrileño no gasta capilla. Ni atisbo de estampas, ni olor a cera mística ni superstición alguna. Nada. Tan sólo la televisión permanentemente encendida, como el icono de una religión en plan Blade Runner. Aunque en esta ocasión, la película que observa tenga un tufillo algo pasado de vueltas. Se trata de Chantaje a un torero, obra prescindible de Rafael Gil, con Manuel Benítez, El Cordobés, de protagonista. «Siempre he respetado mucho a El Cordobés. Creo que hizo una gran labor para popularizar los toros. Además, admiro el dominio que tenía en la plaza. Su temperamento», explica El Juli. Será eso, maestro. De inmediato, el diestro vuelve a su silencio de cristal. A penas se oye un ruido en la habitación. Y todo parece ir conformando esa liturgia del torero; esas horas de antesala hasta pisar el perímetro de los sueños, que en este caso tiene el olor acre y fresco de la arena de albero. Siempre atento, El Tato. En vídeo le han grabado los toros que lidiará por la tarde. Mira y calla. Comenta, con desgana, y resuelve con un silencio denso.


-«¿En qué piensas, Julián?».


-«Aquí, dándole vueltas a esto».


 Esto debe ser la tarde, el compromiso, la responsabilidad... La comida llega a las 13.30. Almuerzo suave. El Juli come ligero y, si acaso, se presta a hablar algo de flamenco. «A mí me gustan casi todos, desde José Mercé a La Paquera de Jerez. Me gusta el buen cante», asegura. Y es la música que lo acompaña en los desplazamientos y los miles de kilómetros que recorre para cumplir con las 115 tardes que este año tiene marcadas. «Eso es lo que más cansa. Son muchos viajes, ¿sabes? Eso sí, en América voy a medir mucho el número de corridas. Quiero estar a tope en la próxima temporada, que es muy importante para mí. Noto como poco a poco voy madurando. Y me gusta. Mi pasión es esto». El torero habla como para sí mismo. Piensa en voz alta o habla en silencio, a saber. Duerme la siesta. Entretanto, la cuadrilla come en el restaurante del hotel, entre bromas y confesiones. A las 16.15 horas se inicia lo que es la liturgia de vestirse. Ese extraño rito que hace que un hombre, que un casi adolescente en este caso, adquiera laurel ficticio de héroe, ribetes de semidiós embutido en traje de luces. El fiel Armando, ayudante de cámara, desenfunda el vestido azul pavo y oro que El Juli ha escogido. ¿El motivo? «No sé, quizá porque es el más nuevo y quiero lucirlo en esta plaza». Ahora el silencio es más espeso, más cortante. Las palabras se estrechan o toman distancia entre ellas. Pasan de ser signos con significado a convertirse en volúmenes visuales. La televisión es el hilo musical en la suite de El Juli. El diestro se viste despacio, mirándose al espejo. Cada prenda va en escrupuloso orden, trepando por el cuerpo en exacta arquitectura. Lo último, tras las medias, la taleguilla y la camisa, es el corbatín, el fajín y la castañeta (que da forma a la coletilla del torero).Como remate, la chaquetilla, con su algarabía de luces, con su ráfaga de destellos. El Juli flexiona las piernas. El silencio es catedralicio y limpio, espeso y punzante. «¿Qué ideas cruzan en este momento la frente de un torero?». Mira y calla el matador. Al rato, cuando la pregunta se daba por derrotada... «Pienso en la tarde. En lo que va a ser. En lo que me gustaría que fuese. Son muchas cosas en las que uno se detiene», asevera Julián.


CAMINO DE LA PLAZA


El tono es grave. Al punto de marchar hacia la plaza los miembros de la cuadrilla llegan a buscar al matador. Son las 17.15 horas.Bajan al hall del hotel todos juntos. Es difícil adivinar que en los últimos cuatro días han recorrido más de 4.000 kilómetros.Y en furgoneta. A las puertas del hotel continúan las liturgias. En este caso, la de los fans de El Juli, que suele ser una ceremonia ruidosa y, en ocasiones, impertinente. Sin embargo, él sabe que hay que detenerse. Firma autógrafos, soporta los flashes, ruge el furgón como una nave caníbal y... Hacia la plaza de Illumbe. Allí, más autógrafos y expectación: «¡¡Juli, torero, suerte!!».Ya no habla, sencillamente sonríe y baja la vista, que ha pasado de un azul tímido y aéreo a un gris taciturno e inyectado de espanto. Es el miedo. El miedo inevitable que viven los toreros en el patio de cuadrillas. El Juli saluda a los compañeros: a Manuel Caballero, a Francisco Rivera Ordóñez. Se ciñen los capotes de paseo. Los decibelios mansos de la plaza, el murmullo, el runrún atronador, se mezclan con el sonido que anuncia el paseíllo, que desde las entrañas del coso no sale de la banda de música, sino del ruido áspero de los goznes que abren el portón de cuadrillas. «Suerte a todos, señores». Es la última consigna antes de pisar la arena, que es un manto virgen.Son las 18.00 horas. Después del festejo, la vuelta al hotel es precipitada. Allí esperan más aficionados. Todos quieren saludar al diestro. Una ducha. Cena rápida. El Juli sale del espesor de su silencio.Otra tarde habrá más suerte. Rugen los coches de nuevo. La madrugada caerá sobre sus hombros camino de Francia, por las carreteras de Dax. El sueño irá, otra noche más, al compás de las curvas. Los gestos de El Juli en Bilbao V. R. Bilbao es la plaza. Tras pinchar en San Isidro, El Juli movió ficha anunciándose tres tardes consecutivas en las Corridas Generales de Bilbao, una de ellas, ante un encierro de Victorino. Y es que Julián López es un torero de raza. Una corrida de Victorino el miércoles, otra de Javier Pérez Tabernero el jueves y una última de Torrestrella el viernes, en una feria como la de Bilbao, constituyen el gesto más importante del año taurino y su gran desafío. El pasado año decidió reaparecer en esta plaza sin estar aún recuperado de una fuerte cogida sufrida nueve días antes, cortando dos orejas. Un día después, en esta misma plaza, logró salir a hombros por primera vez en Euskadi a la vez que un toro le corneaba en la boca. Y todo, sin ser de Bilbao. Así es El Juli.

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