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El Juli: "Adoro la vida, aunque estoy dispuesto a que un toro me la rebane"

viernes, 27 de julio de 2012

LA RAZÓN, 25/07/12. Como buen torero, pasará el verano toreando. Algunas de sus próximas citas relevantes: Huelva el 4 de agosto con Manzanares; 16 de agosto, en Málaga, junto al mismo diestro y Jiménez Fortes y el 21 del mismo mes, con Morante y Talavante en Bilbao. Una temporada cuajada de éxitos, puertas grandes, olor a multitudes y salidas a hombros. El Juli es, como el Marcial del pasodoble, uno de los mejores y de los más grandes. Sobre unas impagables fotos de Francisco Javier Arroyo de su exposición «Paseíllo literario», aderezadas con textos de Noelia Jiménez, hablamos con el diestro.

–¿Cómo resume su año?
 
–Como torero, esta temporada está siendo de las mejores de mi carrera, pero no ha sido típica porque estoy dejando de ir a ciertas plazas, aunque me duele.
 
–¿A qué se parece una salida a hombros por la puerta grande?
 
–Es el premio a la labor hecha. Es una sensación de plenitud. Allí arriba sientes reconocimiento, felicidad. Esa tarde, en la que podía haber pasado de todo, ha terminado bien y el público te lo premia así.
 
–¿Cómo va el torero a su «trabajo», cuando se juega no un sueldo, sino la vida?
 
–No es un trabajo. Es una vocación que se acomete con arte y yo la expreso como puedo. Aunque es cierto que para expresarla –y que el público sea feliz– tú tienes que estar dispuesto a jugarte la vida.
 
–Dice estar en un momento muy bueno y espera que se mantenga: de qué depende ¿de la cabeza, de las lesiones, de que tu mundo afectivo esté ordenado?
 
–De todo un poco. Estás en mano de muchas cosas, pero de lo que más dependemos es de lo que tenemos dentro como artistas y personas: de la capacidad de prevenir y de emocionar.
 
–Su toreo lleva años poniendo de acuerdo hasta a los críticos más insaciables.
 
–Creo que los toreros van evolucionando en su tauromaquia y encontrándose en su propio toreo. Creo que he llegado a la época de la madurez y cada día soy más lo que quiero expresar en la plaza.
 
–Dicen que traía nuevos aires en su manejo de la muleta, los bailes del capote y las banderillas. ¿Cómo es su toreo?
 
–Me considero un torero apasionado. Cuando disfruto, hago lo que siento y me sale de las entrañas, se ve la pasión y la entrega. Soy más profundo que estético.
 
–Decía tener la inquietud de pasar por este mundo dejando algo, ¿qué?
 
–Muchas cosas. El toro me lo ha dado todo. Esto debe ser algo más que una vida corta, aprovechada y sacándole el máximo rendimiento a las mieles del triunfo. Yo no. Quiero pasar por la tauromaquia aportando mi granito de arena.
 
–¿A qué huele el toro?
 
–Generalmente, a respeto. Eres consciente de que estás en sus manos y te puede costar la vida.
 
–¿Y es aliado o rival?
 
–Es un colaborador, es como la guitarra para Paco de Lucía. Sin él, no hay expresión.
 
–De hecho decía que le gustaba torear escuchando flamenco.
 
–El ritmo flamenco va con el del toreo, te atempera, que es el fin de la fiesta: ser más rítmica.
 
–¿Qué futuro le queda a la tauromaquia? ¿Se sabe adaptar a los nuevos tiempos?
 
–Como arte es inigualable, pero la organización, el planteamiento, el drama del toreo sí necesita adaptarse. Sobre todo a la juventud. Es fundamental la comunicación para incluir a las nuevas generaciones. Si no tienen las claves no tendrán la oportunidad de disfrutarlo.
 
–Mucho mito alrededor de ustedes: que son católicos, de derechas, machistas…
 
–Eso es negativo para la fiesta. En la calle soy como tú y como los demás. Es más, te diría que llevamos un plus de lealtad, respeto, educación, admiración. No soy de un lado ni de otro, ni mujeriego ni todo lo que cuenta la leyenda.
 
–Dice cosas bellísimas de José Tomás, ¿no hay esa rivalidad en otros terrenos?
 
–La rivalidad sólo está en el ruedo. Fuera, hay admiración total. Además, José Tomás es el referente para todos los toreros de lo que es la libertad de ser figura del toreo, de ser dueño de tu carrera, de hacer lo que sientes costándote lo que te cueste. Para mí es un ejemplo, un referente y la admiración que le tengo es absoluta.
 
–Me decía Enrique Ponce que desde que fue padre sentía otra responsabilidad frente al toro.
 
–Cuanto más amas, te puedes volver más sensible pero también más artista. A mí me acerca más a mi profesión.
 
–Y cuando su mujer, Rosario Domecq, va a la plaza, ¿piensa en ella?
 
–Me mantengo al margen. No puedo pensar en el tendido en ese momento. Cuanto menos emociones tengas en el ruedo, mejor.
 
–Todos tienen un ritual antes de salir.
 
–Yo no tengo muchos. Siempre me visto en idéntico orden y hago lo mismo. Eso sí, rezar, lo hago en la capilla de la plaza, porque me siento más a gusto.
 
–Dicen que Dios pone trampas, y que el éxito es una de las más peligrosas.
 
–El éxito es peligroso pero peor es no encontrarte bien, no tener buenas tardes. También hacer una vida normal es básico. Yo soy muy arisco con las palmadas, me alejo del elogio.
 
–¿Comprende a los antitaurinos?
 
–Comprendo que no les gusten los toros, pero no el estar en contra de algo sin saber o sin haber visto una corrida, como muchos se jactan. Intentar prohibirlo, no lo comprendo. Hay que hablar con propiedad de las cosas.
 
-¿La valía de un torero se mide por las cornadas?
 
–Sólo son accidentes laborales.
 
–¿En función de qué elige el traje de luces?
 
–Es muy personal. Depende de la época, el momento, la plaza. Yo lo hago a última hora, lo pienso durante la siesta.
 
–¿La gloria es morir en la plaza?
 
–Mejor si se muere de viejo, aunque es un riesgo que corremos toda las tardes. Prefiero ver crecer a mis hijos, porque adoro la vida, aunque esté dispuesto a que un toro me la rebane.

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